domingo, 5 de febrero de 2017

La vocación amordazada


Cada día, cada jornada laboral ocurre: vivimos presos de una situación donde la vocación se encuentra amordazada. ¿Por quién? Por nadie y por todos. No nos engañemos: la culpa es mía, tuya y nuestra como persona, colectivo y profesión.

Es más fácil mirar para otro lado y considerar que esta cuestión concreta no me afecta. Solo es de otra especialidad, de otro estamento...siempre "del otro" cerrando los ojos a la realidad más cercana y próxima que es la nuestra propia. Los errores no existen si no se cometen.

Es más fácil mirar hacia otro lado, no asumir los errores, no pedir disculpas y no ahondar en el fallo. No mirarlo equivale a no verlo, no asumirlo y no aceptar dicho error como parte de un crecimiento personal y profesional siempre necesario. Nos quedaremos más tranquilos - en apariencia- pero no seremos capaces de corregir aquella actitud, conducta o consejo que fue inadecuado y sin fundamento.

La gente no sólo no se cura, sino que se muere. No nos curamos, envejecemos y morimos. Todos sin excepción, siendo lo distinto la característica adverbial del hecho en sí: el cómo, él cuando, el dónde y lo menos importante - excepto para el muerto y su familia-, el por qué.

Nuestra obligación es explicar a aquel que no tiene por qué entender el proceso cuál fue el desarrollo del mismo. Que ocurrió, como se desarrolló el caso, sí fue evitable y si no lo fue, poner a la  familia - que un día puede ser la nuestra- en disposición de entender el hecho de que su familiar dio el paso a un lugar más allá de la vida. Así, sin culpas, como un último eslabón de la existencia.

Que sea esperable no lo hace menos doloroso. Y que no lo sea, deja en estado de shock a la familia que puede reaccionar de modo imprevisible, incomprensible o ininteligibles siempre a la valoración personal de nuestros ojos. La vocación debería hacernos estar al lado del que sufre, no entiende, no lo acepta y se desespera de modo que seamos una ayuda activa pero sin repetir como un mantra, no fue culpa mía, no fue culpa nuestra, no fue culpa de nadie. 


Amordazamos la vocación cuando no reconocemos lo mal hecho, lo mejorable, lo indefendible.
Cuando buscamos la culpa del otro sin analizar la nuestra.
Cuando buscamos culpables en lugar de soluciones.
Cuando no queremos ni siquiera plantearnos que en lo hecho pudo haber algún fallo porque estos en mi conducta no caben.
Cuando nos saltamos toda la teoría y pasamos al paternalismo más rancio que defiende que yo lo hice bien pero ellos no me entienden.
Cuando perdemos la humanidad que se nos supone innata en el momento de sostener y consolar al que, con culpa o sin ella, pierde a un ser querido para siempre.


No hay dos varas de medir distintas ni dos éticas superpuestas. Somos uno en dos ámbitos de acción: profesional y persona guiados en nuestro trabajo por una línea de conducta que en ambas coincida. Una misma mirada comprensiva para el que sufre, con razón o sin ella, con culpa nuestra o sin ella, que ayude a entender el paso al otro lado como algo natural e inevitable pero siempre doloroso.

 La medicina tiene, en su ejercicio, algo de creer en lo que no vemos: la capacidad del otro de soportar el dolor, de aceptar su pérdida y de no sentirnos culpables cuando la enfermedad nos gana la partida. La mayoría de veces nadie nos pide cuentas salvo nuestro propio orgullo.


La vocación solo se salvará siendo sinceramente salvajes con nosotros mismos al analizar que me duele, cuanto y por qué cuando alguien a mi cargo fallece. Separemos vocación de amor propio.

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